Camareras de la Soledad

 

Nada de lo que hacemos los católicos, cuando nos ponemos el apellido de cofrades, tendría sentido, si en verdad, mirando a los ojos de nuestras benditas titulares, no viéramos en ellas a nuestra verdadera Madre. Madre que carga de igual manera con nuestras alegrías y tristezas, con nuestros éxitos y nuestros fracasos, con nuestras victorias y derrotas. Madre que intercede siempre por nosotros.

 Cuantas veces le he rezado, cuanto me he desahogado con mis Angustias, contándole mis preocupaciones.  Pidiéndole corrija mis imperfecciones. Imaginaros cuantas suplicas habrá  escuchado La Soledad, de sus hijos en Bajaras…..

Pero somos humanos, por tanto pecadores, imperfectos como digo, y reconozco que lo primero al entrar en la Ermita y ver a la Virgen, no es pensar que voy a pedirle a la verdadera madre de Dios mismo, sino que, lo primero suele ser es el suspiro de alegría y que me salga desde lo más terrenal de mis adentros: “pero que condenadamente guapa estas hoy, Madre”.

Claro, la parte de la culpita toda, de ese ¡GUAPA!, la tienen de manera directa las camareras de la Virgen.

Son ellas las que la cuidan siempre, las que la miman con la dulzura de una relación tan real, como la que hay entre una  Madre y una hija. Son las que emocionan con Ella, cuando llegan nuevos enseres, ropa nueva a estrenar.  Son las que mecen sus manos expertas para sujetar esos miles de alfileres que usan los vestidores. Son ellas las que lo dejan todo por el privilegio de ser siervas.

Que os puedo contar que no sepáis, si en la simpleza del doblar un simple pañuelo, para guardarlo con el resto de su ajuar, que se pueda ver con claridad tangible, la ternura, la mismísima fe verdadera.

Mi admiración hoy por todas ellas.

Por Carlos Elipe Peréz.

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